14-Septiembre-2011

La construcción está hundida, el sector primario sobrevive a base de subvenciones que cada vez son más inciertas, la industria es residual y el turismo es el que es, y no el que nos gustaría que fuera. Ha tenido que desmoronarse todo para que en Baleares empecemos a mirar al mar: unos con ánimo de emigrar (como hicieron nuestros antepasados) y otros con la esperanza de que la náutica se convierta en uno de los motores de nuestra economía.

El Gobierno autonómico dice estar dispuesto a apostar por la náutica. Una buena noticia que, desgraciadamente, llega con mucho retraso y en un momento en el que es muy difícil sacar adelante cualquier proyecto medianamente ambicioso. Pero más vale tarde que nunca.

La receta del presidente Bauzá pasa, en principio, por rebajar la fiscalidad del sector (algo que afecta sobre todo a las grandes esloras) y mejorar la oferta de amarres, tanto de base como de tránsito. Ello conlleva la reordenación de los puertos y, muy posiblemente, la ampliación e incluso creación de nuevas dársenas. Ya les adelanto que en los próximos meses oirán hablar de proyectos portuarios privados que eran impensables desde la primera moratoria de 1987, aprobada, por cierto, bajo la presidencia de un gobierno del Partido Popular. No hablaba por hablar José Ramón Bauzá cuando, antes de su elección al frente del Gobierno balear, dejaba abierta la puerta a la creación de nuevos puertos en «emplazamientos singulares». Algunos promotores creen que es el momento de recuperar viejos anteproyectos, conscientes de que por primera vez en mucho tiempo existe la voluntad política de resolver la carencia de amarres por la única vía posible: haciendo puertos.

A mí, personalmente, no me asusta la idea de que se construyan nuevas instalaciones o se amplíen algunas ya existentes, vista la escasa efectividad de otras soluciones obviamente menos invasivas, pero siempre bajo la premisa del respeto por el entorno. Las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas. Si no somos capaces de encontrar el equilibrio, mejor dejarlo estar.

Por otro lado, conviene que el Govern asuma que en cuatro años no le va a dar tiempo a cambiar el modelo. La apuesta náutica ha de plantearse a largo plazo, empezando la casa por los cimientos y garantizando, de entrada, el acceso al mar de todos los ciudadanos de las Islas. No hace falta inventar nada, basta con copiar a los franceses, que supieron en su día aprovechar la crisis de la marina profesional para potenciar la de recreo.

Es urgente, además de responder con inteligencia a la demanda de amarres, que los jóvenes se preparen para poder trabajar en el mar, ya sea como técnicos de mantenimiento, mestres d’aixa, marineros o como capitanes de yate. Hay, para ello, que acabar con el intrusismo desleal y chapucero que practican de forma impune en nuestros puertos muchos ciudadanos extranjeros.

Tampoco estaría de más que las autoridades dejaran de instigar a la clientela de las empresas legales de charter, porque a nadie le gusta ser abordado gratuitamente por la policía cuando está de vacaciones. Una cosa es controlar y otra muy distinta lo que pasa cada verano en los fondeaderos de Mallorca.
En fin, quedan tantas cosas por hacer (supresión de burocracia, adecuación de rampas, marinas secas, centros de formación, recuperación de patrimonio, fomento de la cultura del mar…) que esta carta excepcionalmente extensa se me ha quedado pequeña. Ojala sea verdad eso de que estamos mirando al mar.

Elena Pipó – 30-08-2011

Fuente: Gaceta Náutica